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Mistral 52

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Efemérides de una poeta latinoamericana

El pasado 10 de enero se conmemoró la efeméride número cincuenta y dos de la muerte de Gabriela Mistral, escritora y diplomática chilena, pero ante todo maestra. Una mujer fuerte, revolucionaria, idealista, subversiva en su ejercicio de la docencia, considerada entre las más grandes poetisas del siglo XX y quien obtuvo en 1945 el primer Premio Nobel de Literatura concedido a un escritor latinoamericano.

Cincuenta y dos años hace de su muerte y las letras de esta maestra rural, comprometida con la educación por su convencimiento ineludible en una sociedad más equitativa continúan latentes, como desafortunadamente, lo hacen las balas en el campo... y en el mundo.


YO NO TENGO SOLEDAD

(Desolación, canciones de cuna)

Es la noche desamparo
de las sierras hasta el mar.
Pero yo, la que te mece,
¡yo no tengo soledad!

Es el cielo desamparo
si la luna cae al mar.
Pero yo, la que te estrecha,
¡yo no tengo soledad!

Es el mundo desamparo
y la carne triste va
Pero yo, la que te oprime,
¡yo no tengo soledad!


LA HUELLA

(Lagar, Tierra)


Del hombre fugitivo
sólo tengo la huella,
el peso de su cuerpo,
el viento que lo lleva.
Ni señales ni nombre,
ni el país ni la aldea;
solamente la concha
húmeda de su huella;
solamente esta sílaba
que recogió la arena
¡y la Tierra -Verónica
que me lo balbucea!

Solamente la angustia
que apura su carrera;
los pulsos que lo rompen,
el soplo que jadea,
el sudor que lo luce,
la encía con dentera,
¡y el viento seco y duro
que el lomo le golpea!

Y el espinal que salta,
la marisma que vuela,
la mata que lo esconde,
y el sol que lo confiesa,
la duna que lo ayuda,
la otra que lo entrega,
¡y el pino que lo tumba
y el Dios que lo endereza!

Y su hija, la sangre,
que tras él lo vocea:
la huella, Dios mío,
la pintada huella:
el grito sin boca,
la huella la huella!

Su señal la coman
las santas arenas.
Su huella tápenla
los perros de niebla.
Le tome de un salto
la noche que llega
su marca de hombre
dulce y tremenda.

Yo veo, yo cuento
las dos mil huellas.
¡Voy corriendo, corriendo
la vieja Tierra,
rompiendo con la mía
su pobre huella!
¡O me paro y la borran
mis locas trenzas,
o de bruces mi boca
lame la huella!

Pero la Tierra blanca
se vuelve eterna;
se alarga inacabable
igual que la cadena;
se estira en una cobra
que el Dios Santo no quiebra
¡y sigue hasta el término
del mundo la huella!


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