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Epitafio para Eugenio Montejo

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Homenaje de El ático al poeta Eugenio Montejo

“no ha habido nunca sino pájaros,

el canto de los pájaros

que nos trae y nos lleva.”

El pájaro enmudece, Venezuela llora uno de sus hijos predilectos. En adelante, las ruinas hablarán en voz baja de lo que alguna vez fue un hombre. A la edad de 69 años, y por causas naturales, el pasado 5 de junio falleció el poeta venezolano Eugenio Montejo.

Conocido por ser una de las voces más representativas de la poesía latinoamericana contemporánea, Montejo se caracterizó por una consagrada producción literaria que oscila entre la creación poética y una profunda reflexión sobre la misma, legando un repertorio de obras entre las cuales se encuentran los poemarios Élegos (1967), Muerte y memoria (1972), Algunas palabras (1977), Terredad (1978), Trópico absoluto (1982), Alfabeto del mundo (1986), Adiós al siglo XX (1992,1997), Partitura de la cigarra (1999) Papiros amorosos (2002), entre otros; y los volúmenes ensayísticos La ventana oblicua (1974), El taller blanco (1983) y El cuaderno de Blas Coll (1981).

Como un tributo al origen, a las raíces primigenias del hombre, la poesía de Montejo mostró una marcada preocupación por mantener en sus textos una armonía que guardara la estrecha comunión entre forma y contenido, “mejor llegaría a expresarse el que se guiara por el lenguaje de los pájaros, y fuese del sonido a la idea, y no de la idea al sonido siguiendo los recovecos tramposos de la lógica”; haciendo de su voz un rumoroso canto de aguas, logró tender un puente de unidad latinoamericana, un olor a musgo y a trópico, un matiz ebrio de mundo que borra los linderos entre los hijos del maíz y de la ceiba y las gélidas aguas del Mar del Norte o los colores de Rembrandt.

“No me despido en una piedra /ilegible a la sombra del musgo, /—voy a nacer en otra parte”, anticipará un poema suyo el descenso a los brazos de Comala, el homenaje de tierra que exige su palabra. La universalidad de la obra del venezolano trasciende los límites de lo nacional, de lo latinoamericano, y abraza entre susurros la metáfora humana.

Eugenio calla, pero queda una voz “y es sólo su voz lo que defiende /porque en el tiempo no es un pájaro /sino un rayo en la noche de su especie, /una persecución sin tregua de la vida /para que el canto permanezca.”

DURA MENOS UN HOMBRE QUE UNA VELA...
Dura menos un hombre que una vela
pero la tierra prefiere su lumbre
para seguir el paso de los astros.
Dura menos que un árbol,
que una piedra,
se anochece ante el viento más leve,
con un soplo se apaga.
Dura menos un pájaro,
que un pez fuera del agua,
casi no tiene tiempo de nacer,
da unas vueltas al sol y se borra
entre las sombras de las horas
hasta que sus huesos en el polvo
se mezclan con el viento,
y sin embargo, cuando parte
siempre deja la tierra más clara.

CEMENTERIO DE VAUGIRARD
Los muertos que conmigo se fueron a Paris
vivían en el cementerio Vaugirard.
En el recodo de los fríos castaños
donde la nieve recoge las cartas
que el invierno ha lacrado,
recto lugar, gélidas tumbas, nadie, nadie
sabrá nunca leer sus epitafios.

Un alba en escarchas de mármol
y el helado aguaviento
soplando sobre amargas ráfagas,
Alba de Vaugirard, rincón donde la muerte
es una explosión interminable. Piedras, huesos, retama.
¿Quién oía el tintinear de sus pailas
a la sagrada hora del café
cuando son interminables sus chácharas?
¿Qué silencio tan hondo allí suplía
el cantar de uno solo de sus gallos?

Muertos de sol, de espacios, de sábanas,
muertos de estrellas, de pastos, de vacadas,
muertos bajo tierra a caballo.

Los muertos que conmigo se fueron a París
vivían en el cementerio Vaugirard,
estéril pabellón de graníticas tapias.
¿Qué queda allí de esa memoria
ahora que la última luz se ha embalsamado?
¿Qué recordarán sus camaradas
de sus voces, de sus humildes hábitos?

Alba de Vaugirard, niebla compacta,
amistad con que la luna clavetea las lápidas,
¿qué quedó allí de aquellos huéspedes
agradecidos de tanta posada?
¿Qué noticias envían ahora lejanos
a los caídos, a los vencidos, a los suicidas olvidados?

Un alba en escarchas de mármol
y el helado aguaviento
soplando sobre amargas ráfagas.
Oscuro lugar donde la muerte
es una explosión interminable
sobre recuerdos, átomos, retama.
¿Qué permanece de tanta memoria?
¿Quién llega ahora a oír sus chácharas
cuando la nieve recoge las cartas
que el invierno ha lacrado? Nadie, nadie
sabrá nunca leer sus epitafios.

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