Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: “La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad”.
25 años y todavía hay hombres esperando a La Maga… aún retumba en las cabezas de algunos el inquietante conjuro tras el laberinto de Rayuela “Pero el amor, esa palabra…”. Aún hay cronopios perdidos esperando el tren, o buscando la llave para salir de una habitación infinita, mientras el vecino de arriba cayó por la ventana intentando ponerse un saco.
Cortázar, el hombre-gato, el cronopio inmortal, seguramente habrá marcado más de una generación, y hablar de él aquí, en estas fechas, no sería más que llover sobre mojado.
No queda más que dejarlos con algo que nos queda de su presencia…