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Poesía joven

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EL TRANSITO DEL ALFABETO

La autopista piensa que tiempo y muerte son el mismo dios
siente la gravedad de los cuerpos y decide ser río


LA deFORMACION DEL MATERIAL HUMANO EN EL TUNEL

dicen usted no entra en el mismo túnel dos veces
como si uno fuera el mismo siempre INFORMACION
TURISTICA falta prometer la inmortalidad y venderla en
cápsulas CAMINO EN CONSTRUCCION las señales están en
todas las partes que se dejan ver como si ayudaran
como si dijeran algo MANTENGA LA DISTANCIA


Gladys Mendía
El alcohol de los estados intermedios, 2009

10:32 a. m.

El alcohol de los estados intermedios

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Gladys Mendía es una voz joven en la poesía Venezolana y latinoamericana quien ha participado en innumerables proyectos poéticos entre los que se destaca su labor como directora y editora de la Revista Literaria "Los poetas del 5" en sus dos versiones, impresa y virtual, desde mayo del 2004.

Gracias a la colaboración de Gladys les presentamos el ensayo escrito por Fredy Ñañez a propósito de uno de los más recientes libros de la poeta titulado "El alcohol de los estados intermedios"

Lo huido y lo permanente en El alcohol de los estados intermedios

Toda poesía principia donde acaba el Ser. Toda ella antecede lo real y realizado. Vive dentro pero no en el claustro, afuera pero nunca al margen del delirio y quizá sea también deseo que no encarna en las palabras ni en las formas comunes del apetito universal. La poesía cuando es verdad no es más que fuerza inagotable. La agonía del crear nombres sólo comparable al asombro de quien acude lúcido a lo efímero y pasajero. Si esto es así conviene decir que Gladys Mendía (Aragua- Venzuela 1975), ha sobrevivido en la materia contradicha del lenguaje, vale decir: a los peligros de vivir al borde de sí, en la tentación no de Ser sino de habitar en los extremos aquéllos donde Dios ha marcado con su verbo el reino de lo inefable y todo alfabeto en tránsito es la ruleta rusa en consecuencia.

El alcohol de los estados intermedios no es la metáfora del viaje ontológico sino el refugio de quienes huimos de sus excesos. Por suerte todo acorde de filosofía romántica, acalla dentro de estas páginas para dar paso al impulso, al vértigo, al arrojamiento ése para el que aún no hay ideas. Devenir que late pero en el envés del sonido. Encuentra sosiego el lector que, escapando de un mundo cosificado y una subjetividad cosificante, también busca el punto de fuga donde han de fundirse las más sólidas verdades. Refugio donde sólo somos parpadeos con nombres sin más opción que esta residencia poética, esta soledad que al tiempo nos contiene y libera.

Gladys Mendía se mantiene felizmente lejos del atávico espíritu de una generación desgastada, ora en la presentación del hecho, ora en su representación válida a los ojos de un tiempo posthistórico. Libre está su voz del hipocondríaco tono del arte contemporáneo y sus manidos intentos.

Es éste un libro de las poéticas, hecho sin más estilo que el riesgo profético donde el alumbramiento de una voz… sin territorio traza y funda.

En El alcohol de los estados intermedios no se trata pues de enunciar el Ser ni su despliegue, tampoco de negarlo y contraerlo, éstos son prejuicios superados por una angustia inédita. No es trabajo del poeta cuidar del Ser. Anunciar es el verbo. La palabra como lugar del acontecimiento y no al revés. Hacer nombres para los huéspedes sin sonido propio, de eso se trata. Nombrar la ceniza de lo no incendiado aún y que se vea el árbol del más allá en el siniestro. Es en El alcohol donde lo huidizo y permanente comulgan sin representaciones adicionales. Sucede como tránsito voraz de una quietud desgarradora; de un impulso doble que acusa no el asecho del tiempo y la finitud de los espacios, sino la densidad, el matiz intermedio donde las cosas no son imagen o sombra sino voz cavernaria, piromaniaca, química, inexistente sonoridad de un despliegue sin dueño. El nacer y crecer lento de esa consciencia dolorosa. Voces, puesto que es un libro del accidente; y ecos que predicen el accidente y hacen de él un destino y una poética en llamas: ágrafa belleza del contraluz. Una múltiple voz que sale y entra en los túneles y a medida que se arroja deja su eco monofónico que permanecerá intacto, digo bien: no-devorado por la distancia ni por su propia avidez. Lo que huye: queda; lo que queda: está huyendo. He allí el recorrido radical que nos propone la autora. Puesto que el eco es el lugar donde todo arde y se ve tan verde. Será un estado intermedio, un espacio para ver la sonora rotura del mundo. El grito vendrá de allí, del eco: instante donde la noche se convierte en día. El grito será entonces la llama que sujeta nuestros contrarios. Tan nombrado y tan borroso es el camino hacia el Alcohol. Porque parte del estado líquido hacia el nuevo elemento: la palabra, luz ciega, como lugar de apariciones.

Oficio peligroso de cavar dentro de sí, transitarse y asumir al extremo el atentado personal (curva peligrosa) timón de nuestro azar, eso es la poesía y Gladys Mendía lo asume a rigor. De allí que sea un libro de artes poéticas: fragmentos de continuos ensayos para nominar lo que mora aún imposible. Lo demás es silencio manuscrito. Quizá sea el mismo libro quien mejor se defina, siendo receptáculo y voz exasperante que dice del poema como alfabeto de un pasaje sin destino.

San Cristóbal, Venezuela

Freddy Ñáñez, julio de 2009

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